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“Un mundo fascinante”. Creció en las entrañas del Teatro Colón y besó la mano de Maya Plisetskaya

Lifestyle 2026-04-25 06:00:33

Sergio Kuchevasky, autor de Cajita de Colores, reconstruye su niñez entre bambalinas, de la mano de un padre que le enseñó a mirar lo que el público no ve

Sergio Kuchevasky creció en las entrañas del Teatro Colón. De chico se sentó en la butaca del palco presidencial, en la primera fila de la platea, detrás del escenario, recorrió los pasillos y los depósitos donde dormían los restos de óperas antiguas. Mientras otros chicos descubrían el mundo en la calle o en la cancha, él lo hacía entre escenografías y luces.

Su padre lo guiaba por ese universo secreto y le proponía un juego que era, a la vez, un aprendizaje: mirar una parte de un decorado e intentar adivinar a qué obra pertenecía. Así, un puente podía parecer París y, desde otra perspectiva, convertirse en parte de una ambientación asiática de Turandot. En el teatro, la imaginación y la realidad se mezclaban todo el tiempo. De esa infancia extraordinaria nació Cajita de colores, el libro con el que Kuchevasky puso en palabras un mundo que durante años parecía imposible de contar.

Sergio Kuchevasky junto a su padre David, un trabajador del Teatro Colón durante 45 años

-Todo empezó con una mudanza y una cajita de colores. ¿Cómo fue ese momento?

-A los 50 años me toca hacer una mudanza de mi casa. Como pasa siempre, aparecieron bártulos de distintas épocas y, particularmente, una caja que teníamos guardada con cosas de la familia. Eran objetos de la época de trabajo de mi papá en el Teatro Colón. Y entre muchas otras cosas apareció una caja de colores, con todas las pinturas en perfecto estado. Eso me impresionó muchísimo. Me quedé con esa caja, la separé del resto. Adentro había juegos completos de colecciones de discos de pasta, un grabador Sony, también encontré pelucas, discos... Pero la cajita era otra cosa.

La caja de colores que Kuchevasky encontró durante una mudanza familiar entre objetos vinculados al trabajo de su padre en el Teatro Colón y que terminó dando nombre a su libro (Foto Martín Said)

-Su padre fue la gran puerta de entrada a ese mundo. ¿Quién era él dentro del teatro?

-Mi papá entró muy chico a la escuela del Teatro Colón. Se iba a perfilar para el coro, pero a él le fascinaba la tarea del figurante, por eso cuando se crea el cuerpo estable de figurantes del teatro se cambia del coro a figurante. Los figurantes son todos los que están en una obra sin ser el cantante. Muchas veces tienen papeles protagónicos y otras veces secundarios. Pueden ser la pareja del rey, parte de un pueblo, soldados... todo lo que ves en escena y no es el protagonista principal. Cuando lo empiezo a acompañar, entre los 7 u 8 años, mi papá ya era jefe de figurantes. Después fue director del cuerpo de figurantes, luego subinspector de escenario y termina como inspector de escenario, después de 45 años en el Teatro Colón.

-¿Qué le enseñó su padre a mirar que los espectadores comunes no ven?

-A ver una obra desde otro lado, a contemplar todo lo que el espectador no mira. Muchos van y se quedan con si les gustó o no la interpretación, si les gustó o no la puesta en escena, si el guion los apasionó más o menos. Y yo veo todo. Veo la puesta, la luz, el vestuario, la entrada de la gente, lo que pasa atrás. Mi papá me enseñó eso: a mirar lo que no se ve.

El día más esperado era el domingo. Desde Villa Bosch hasta el Colón había un ritual: tren, subte, café en Tabac, entrada al teatro. Ahí empezaba otra vida. Mientras el padre trabajaba, el hijo recorría pasillos, costados de escenario, puentes de luminotécnica, camarines, depósitos. El Colón era una ciudad secreta.

-¿Cómo lo vivía de chico? ¿era un juego o un privilegio?

-Primero fue un juego y después, con el paso del tiempo, fue un privilegio único. Yo estaba el 90 por ciento del tiempo detrás de escena, o en un costado del escenario, o con el director de luminotécnica, o con el vestuarista, o con un sastre. Ahí fui entendiendo que la magia no era sólo lo que pasaba adelante.

-En el libro aparece mucho de esa idea: la de los oficios invisibles.

-Claro. Son los que sostienen el aplauso detrás del telón. Vos ves solamente a uno, a diez, a cuarenta, pero atrás hay una cantidad de gente trabajando para que eso pase. Eso siempre me fascinó. El teatro, para mí, no es sinónimo de cultura solamente. Es algo apasionante. Y cuanto más se lo abra, mejor.

Maya Plisetskaya, en una actuación en Ucrania en 1998, con 72 años

En esa infancia entre bambalinas hubo escenas imposibles de olvidar. Una de ellas tuvo como protagonista a Maya Plisetskaya. Kuchevasky era apenas un chico y la vio morir en escena sin saber todavía quién era ni qué estaba viendo exactamente. Después la saludó en el camarín. El contraste lo marcó para siempre.

-¿Cómo fue ese momento con Maya?

-Maya vino tres veces al Colón. En una de esas actuaciones hizo El lago de los cisnes. Ella muere en escena y a mí me toca estar en un puente de luminotécnica. Se apagan todas las luces y queda un solo foco, solamente Maya iluminada en escena, en la muerte del cisne. Yo me quedo mirando esa escena tremenda, para un pibe al que nadie le había explicado la previa. Yo había visto los cisnes que bailaban y todo, pero no sabía que la protagonista terminaba muriendo en escena. Y tampoco sabía quién era Maya. Cuando termina, me llevan de la mano al camarín y la saludo. Para mí fue como: “Te moriste hace diez minutos y ahora estás acá, saludando, con una sonrisa”. Una divina. Una suavidad en sus manos... Creo que fue la primera mujer a la que le di un beso en la mano. Y salí del camarín con todo el olor a rosas, porque la gente le tiraba rosas. No me lo puedo olvidar. Después, ya de grande, cuando empecé a leer quién era realmente Maya, me quedé impresionado. Y entendí también que mi papá me había llevado para que yo no me quedara mal, para que viera que no había muerto de verdad.

-En un mundo tan dramático como el de la ópera, su padre le repetía una frase: “El bien siempre triunfa”. ¿Cómo vivía ese contraste?

-En general las óperas son melodramáticas; algunas tienen algo de humor, pero en general son dramáticas. Y al final son estremecedoras. Tosca, La Bohème, Carmen... toda muerte es tremenda. Y yo me acuerdo que me iba medio contrariado... Y mi papá me decía: “El bien siempre triunfa”. Después, como vio que me quedaba mal, me quiso mostrar que no es que murió de verdad, sino que era una actuación. Entonces, entender de tan chico que una persona podía morir en escena pero después estar saludando y recibiendo flores, eso era un contraste tremendo.

Martina Arroyo fue una soprano de ópera estadounidense, nacida en Harlem en 1937, una de las primeras cantantes negras en alcanzar reconocimiento internacional en la ópera

-Con Martina Arroyo le pasó algo parecido.

-Sí, era la primera mujer negra que veía. Me quedo fascinado mirándola, con toda la extravagancia además: un vestido gigante, toda producida, con dos o tres personas alrededor. Yo tenía ocho años, estaba parado, ella pasa, me hace ir con ella. Mi papá me dejaba solo en el teatro; era algo común y de costumbre. Hoy irrepetible. Entonces me llevó al camarín, agarró un pincel y me pintó la cara ella, mientras se está maquillando y me regala el pincel. Lo tengo acá. Y en inglés pregunta: “¿Quién es este pibe?”. Esa pregunta me quedó grabada.

-También aparece Plácido Domingo y un gesto conmovedor.

-Fue increíble. Plácido Domingo acostumbraba a hacer un regalo al personal del teatro. Entonces, en un momento, estamos todos en el cuarto piso —que era la oficina y vestuario de figurantes en ese entonces— y suena una chicharra. Eran las cinco de la tarde, no había función todavía. Toda la gente bajó corriendo: zapatero, gente de escenografía, todo el personal, los figurantes, mi papá. Todos a la platea. Y Plácido, parado en el medio de la platea, sin público, cantando “Granada” para todo el personal del Teatro Colón. “Les quiero hacer un regalo”, dijo con un español a medias. Una voz tremenda. Y no lo puse en el libro, pero la gente se abrazaba y había hombres que lloraban de la emoción... Creo que no es casualidad que los tres tenores —Carreras, Plácido Domingo y Pavarotti— hayan tenido ese vínculo tan especial con el público y también con los trabajadores. Plácido regaló a la gente que trabajaba en el teatro esa función improvisada.

-¿Cómo era volver al colegio después de vivir esos domingos en el Colón?

-Era un drama. Porque el domingo yo ya venía a destiempo. Imaginate: eran épocas de dos funciones. Mi papá después estaba relajado porque el lunes no trabajaba, pero yo al otro día me tenía que ir al colegio. Y lejos de estar relajado, no podía dormir de todo lo que había vivido. El lunes era casi un paso de comedia. Todos mis compañeros hablaban de fútbol, de lo que había pasado el domingo y yo no sabía nada. Me preguntaban: “¿Dónde estuviste?”. Y yo: “Estuve en el Teatro Colón”. “Dale, boludo”. “No, en serio, estuve en el Teatro Colón”. “¿Y qué estuviste haciendo?”. Claro, para ellos era algo rarísimo.

-¿Se sentía distinto por vivir todo eso?

-No. Mucha gente me pregunta eso. Yo te digo la verdad: daba para hacer bullying, porque era raro. Villa Bosch era un barrio de inmigrantes italianos. El 60 por ciento trabajaba en la fábrica Fiat. Muy pocos tenían la posibilidad de llegar al Teatro Colón. Los pibes les contaban a los padres que mi papá trabajaba en el Colón. Entonces mucha gente tocó el timbre en mi casa, salía mi papá y le decían: “¿Cómo le va, David? ¿Me cuenta?”. Como no podían ir al teatro, le pedían a mi papá que les cuente una parte de la ópera. Eso a mí me fascinaba: que un tipo le pregunte a otro “contame una ópera”, como yo te puedo contar el gol de Boca.

-Su padre está muy presente en toda esta historia. ¿Cómo fue despedirlo?

-Mi papá falleció en 2010, el día que se hizo el censo. Y te voy a contar algo: mi papá se casó con mi mamá, que para nosotros era Silvia pero en realidad siempre estuvo anotada como Cecilia. Toda la familia la conocía como Silvia, pero en realidad era Cecilia. Muy pocos sabíamos eso. Mi hermana nace el 22 de noviembre, que es el día de Santa Cecilia, el día de la música. Y mi papá murió un 22 de noviembre, el día de la música y de Santa Cecilia. No tenía otro mejor final que ese.

Sergio Kuchevasky pasó su infancia en el corazón  del Teatro Colón (Foto Martín Said)

Pero en la historia de Kuchevasky hay otra capa, más íntima, que vuelve todavía más singular su relación con el Teatro Colón: con los años, empezó a perder audición. Que le haya ocurrido justamente a alguien formado entre óperas, ensayos y orquestas no deja de tener algo de ironía, pero también de persistencia.

-Hay algo muy fuerte en su historia: usted es hipoacúsico. ¿Cómo convive alguien tan atravesado por la música con esa experiencia?

-Es un dramón. No fue de nacimiento. A los 28 años empecé a perder audición de un oído. Me operé dos veces de un oído y después me tuve que operar del otro. Escucho, sí, con un esfuerzo importante. Aprendí a leer labios. Y a escuchar la música también, con algunos problemitas, pero bueno. No lo veo como un inconveniente. Me apasiona, me encanta la música. A veces se me complica con la audición, sobre todo cuando hay muchos ruidos y gente; ahí se me hace muy difícil. Pero lejos de haberme alejado por no escuchar bien, al contrario. Es casi irónico que alguien que es tan amante de la música y que creció en el Teatro Colón tenga esto. Tuve períodos muy malos, de operación y operación, hubo tiempos en que no escuchaba nada o escuchaba nada de un oído y poquito del otro. Tengo una pérdida importante de los dos oídos. Pero nunca lo tomé como un problema.

-En el libro aparece la frase: “No heredé trajes ni objetos valiosos. Heredé una cajita de colores… y con ella, el teatro entero”. ¿Qué le dejó, de verdad, esa herencia?

-Primero, mi reconocimiento absoluto a los que sostienen el aplauso atrás del telón. Porque vos ves solamente a uno, a diez, a cuarenta, pero en realidad atrás hay una cantidad de gente que estuvo trabajando para que eso pase, para que suceda la magia. Segundo, que el teatro para mí no es sinónimo de cultura solamente. Para mí es algo apasionante. Cuanto más tenga la posibilidad de conocerlo y abrirlo al público, me parece maravilloso. Y es una magia única, que va a ser muy difícil de cambiar y de suplir por inteligencia artificial y por un montón de otras cosas novedosas.

Con los años, Kuchevasky tomó dimensión de que aquella infancia en el Colón había sido un privilegio irrepetible (Foto: Martín Said)

-Después de escribir el libro, ¿siente que entendió mejor el teatro, a su padre o a ese niño que fue?

-El libro es un todo. Es la música primero, es mi papá, que lo tenía como algo normal, y yo también, porque en lo personal haber podido hacer esto siendo hipoacúsico me fascina. Es como un gran mensaje: hay cosas que uno piensa que te pueden trabar y, muy por el contrario, a mí me motivó y me impulsó. Me podría haber quedado en “no escucho, qué drama”, y fue al contrario. Creo que mi infancia, lo que viví, fue algo totalmente extraordinario. Un privilegio. Porque no se puede repetir con ninguna de las próximas generaciones.

Cajita de colores, el libro de Sergio Kuchevasky sobre su infancia en el Teatro Colón

Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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